domingo, 9 de mayo de 2010

Desde que tengo consciencia.

Desde que tengo consciencia de quién soy. Desde que soy capaz de reconocerme en el espejo y reconocer lo que soy y todo aquello que me rodea. Desde que soy capaz de comprender y aceptar ideas. Desde que abrí mi corazón al mundo, no he cesado de pensar en cómo alcanzar la plenitud de mi satisfacción personal.

He pasado por bastantes etapas sin tener muy claro de hacia dónde me dirigía, dónde acabaría o cómo saldría parado de esa etapa. No le temo al mañana. No le temo a la muerte. No le temo al dolor. Me temo a mí mismo y a lo que pueda hacer a los que quiero y me quieren. Algo normal, dentro de lo que cabe.

Tengo 20 años. Sé que soy joven. Y sé que la impaciencia es algo normal en la juventud. Pero me siento frustrado. Nada de lo que me gustaría que fuese mi vida es. He entablado montones de amistades, pero no sé con quién debería estar. Sé que los amigos vienen y van, algunos se quedan, otros es mejor que sólo sean de paso.

Me voy por las ramas.

No puedo correr y huir. No puedo cambiar radicalmente. He de ser consecuente con mis decisiones. En eso consiste ser responsable, ¿no? Odio la sociedad en la que vivimos. Odio el sistema capitalista, el consumismo y el individualismo. Pero es lo único que me alimenta. ¿De qué me sirve reflexionar? En esta sociedad si piensas demasiado te tachan de raro. Si le das demasiadas vueltas a las cosas eres tonto. Se vive mejor sin pensar en las consecuencias de tus decisiones. Pero me siento incapaz de ser así. En mi mente está siempre presente el equilibrio. Pero casi nunca lo siento en cuerpo y alma. Veo como la balanza se inclina a favor de los que manipulan y los que tienen poder, mientras los del otro lado se agarran para no caer por la frenética marcha de la sociedad.

Te echas una novia, te la tiras, le pones los cuernos unas cuantas veces, le dices que la quieres de verdad, la dejas, te tiras a otras cuantas, vuelves con ella, le pones los cuernos, vuelves a recordarle que la quieres de verdad y te acabas casando con ella para repetir el ciclo. Y no digo que ella no haga lo mismo.

De todas formas, eso ya es costumbre en nuestra sociedad, así que no entraré en ello.

Quiero dejar constancia de que, desde siempre, me siento incapaz de transmitir mis verdaderos sentimientos, pero para mí, los sentimientos de los demás están a flor de piel, y los entiendo. Soy capaz de ponerme en su lugar y respetar sus decisiones. No obstante, no soy capaz de respetar las mías. No controlo mis propios impulsos. Voy encaminado a descarrilarme por querer ir muy deprisa. Necesito relajarme y no encuentro cómo. Demasiada droga en esta sociedad como para no consumir...

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